Muy a menudo en la consulta escucho la frase de «yo no he tenido ningún trauma en mi infancia». Sin embargo, el trauma forma parte de nuestra vida pero, ¿esto qué quiere decir?

Etimológicamente, la palabra trauma procede del latín y significa «herida». Estamos rodeados de sucesos cotidianos que pueden convertirse en potencialmente traumáticos: accidentes, caídas, procedimientos médicos, enfermedades, burlas,  mudanzas ó separaciones.

Como progenitores, es importante tener en cuenta cuando es importante proteger a nuestros menores y cuando brindarles la oportunidad de explorar para que puedan generar confianza en sí mismos.  A pesar de querer construir un hogar seguro, guiados por su curiosidad se harán daño. De ahí que sea importante aprender qué variables tenemos que tener en cuenta para que una experiencia pueda resolverse de forma adaptativa y así fomentar su resiliencia. Es decir, su capacidad para recuperarse.

Según refiere Perter Levine, uno de los mayores expertos en trauma infantil, el trauma no sólo está en el suceso:

«El trauma sucede cuando una experiencia intensa pasma a un menor imprevisiblemente, como si le hubiera caído un rayo: abruma al menor dejándolo alterado y desconectado de su cuerpo, mente y espíritu. Cualquier mecanismo de afrontamiento que el menor pueda haber tenido, queda socavado y se siente completamente impotente. Es como si alguien lo hubiera derribado. El trauma también puede ser el resultado de un miedo y tensión nerviosa continuos. La respuesta al estrés a largo plazo, desgastan a un menor y causan una erosión en su salud, vitalidad y confianza.

La vulnerabilidad al trauma es diferente en cada menor y depende de diversos factores: edad, calidad de una vinculación afectiva temprana, del historial del trauma y de la predisposición genética. cuanto más pequeño sea el menor, más probable será que se abrume con hechos comunes que podrían no afectar a un/a niño/a mayor o a un adulto»

En la actualidad se ha visto como problemas de conducta, agresión, hiperactividad o adicciones (entre otros) pueden estar siendo consecuencias de un trauma reciente o un trauma en las primeras etapas del desarrollo cerebral.

¿Por qué sigue alterado el cuerpo aún cuando la amenaza ya ha pasado?

La clave está en nuestras emociones. La emoción del miedo tiene un sistema de circuitos neurales muy específico grabado en el cerebro y que corresponde a sensaciones físicas específicas de varias partes del cuerpo.  Si la respuesta inicial de miedo (orientada a la supervivencia) no fue movilizada, el nivel de energía quedará «atrapada». Si en un momento, vemos, escuchamos, olemos, oímos ó probamos algo que evoca sensaciones corporales similares a una amenaza previa, se vuelven a evocar las sensaciones de miedo e impotencia.  En muchos casos, este miedo se ve enmascarado por emociones de ira, rabia  que permite movilizar toda la energía interiorizada previamente.

No podemos asociar la conducta presente con eventos traumáticos pasados sino disponemos de dicha información.

Por todo lo anteriormente expuesto, es importante identificar situaciones potencialmente traumáticas, estar en conexión emocional con nuestros hij@s y ayudarles de una forma íntegra (mente, cuerpo y emoción) a poder procesarlo. Sino, es importante tener profesionales de referencia que trabajen desde esta perspectiva como fuente de apoyo al menor y la familia.